Algunos de vosotros ya sabeis que además de arqueóloga dedico parte de mi escaso tiempo libre a la escalada… sin pretensiones.

De hecho practico muy poco aunque por mis relaciones familiares y mis amistades conozco bastante ese apasionante deporte que se puede resumir en “subirse por las paredes”.

De un tiempo a esta parte se ha generado un debate intenso y a veces lamentable sobre donde y cuando puede escalarse en tal o cual lugar, debido principalmente a la presencia de aves que anidan en los riscos y que se encuentran en una grave situación cercana a su extinción (también sin pretensiones me considero una “birdwatcher”).

Pues bien, aquí no acaba la cosa. Resulta que muchas de las mejores paredes, orientadas al sur, y desplomadas, perfectas para la práctica de la escalada, son, o mejor dicho, han sido lugares habitados en algún momento de nuestra Historia y actualmente se consideran yacimientos arqueológicos de gran interés. En Catalunya el caso más emblemático es el de la Cova Gran de Santa Linya.

En esta cueva coincide la presencia de uno de los más importantes yacimientos de época paleolítica con algunos de los recorridos de escalada deportiva de máxima graduación (8º y 9º grado).

Con el corazón partido, tengo que reconocer que las dos actividades son difíciles de congeniar y lo que está ocurriendo es que, a pesar de los carteles, señalizaciones, acuerdos y normativas lo cierto es que la afluencia de escaladores está degradando el yacimiento de forma irreversible.

Y así no vamos a ninguna parte. Si no somos capaces de respetarnos el punto de encuentro se convertirá en punto de desencuentro… y punto.

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