¡Que se pare el tren que yo me bajo!

¡Estos quieren que volvamos a la época medieval, o a vivir en las cavernas!

Así  eran considerados, hace unos años,  aquellos que advertían de la necesidad de dejar el coche y utilizar el transporte público, que luchaban por defender una parcela de mundo de color verde en lugar del gris asfalto, los mismos que denunciaban la cada vez mayor escasez de agua, la contaminación irreversible de nuestros acuíferos, el aire irrespirable de nuestras ciudades que nos convierte en “contaminados pasivos”, aquellos que creían en la necesidad de investigar a fondo el potencial de las energías renovables, de comer productos naturales, de bajar el ritmo (slow food, slow city)… y un montón de cosas más.

De hecho, ya se encargaron los creadores de opinión de desprestigiar a los que opinaban de esta manera: “ilusos soñadores que no saben cómo funciona el mundo, que se creen que podemos crecer y avanzar sin esos inconvenientes, antisistemas  que no respeta ni la propiedad privada, ni la ley, ni el orden”. En definitiva personas de poco fiar.

Los mismos creadores de opinión que ahora se preocupan por el precio del petróleo y las repercusiones que tendrá en la maltrecha economía mundial, debaten cada día intentando comprender lo que está pasando.  Hablan y hablan de crisis; crisis inmobiliaria, financiera, productiva, de los mercados, de valores, política. Hace unos pocos días, por fin, les oí hablar de crisis sistémica. Claro está, aquellos, los ilusos soñadores antisistema, ya lo intuían aunque no todos acertaban en la conceptualización adecuada.

Y ahora está pasando lo que en otras crisis sistémicas, los que controlan el poder, o creen controlarlo, actúan y  se esfuerzan en mantener su condición, apretando las clavijas del único modelo que son capaces de concebir. Los que no controlamos nada procuramos ir tirando con la esperanza que todo esto pase y nos afecte lo menos posible.

Alguien preguntaba el otro día en una de tantas tertulias mediáticas de tertulianos supuestamente bien informados:

–          Con la que está cayendo ¿Cómo es que la gente no sale a la calle?

Pues probablemente porque aún nos queda la suficiente sensatez, o por el miedo a perder más de lo que prevemos. Porque sabemos que sería el caos, porque somos los más débiles y los primeros que vamos a ser víctimas, si todo se va al garete.

Si alguien piensa que soy catastrofista y pesimista, se equivoca. Estoy convencida de las posibilidades que tenemos de salirnos de esta. Aunque deben cambiar muchas cosas y nadie tiene la solución.  Ahora más que nunca, hace falta una buena dosis de optimismo e imaginación, un retorno a las cosas básicas, una reflexión conjunta, real, sin intermediarios. Debemos recuperar la iniciativa personal y colectiva, explorar caminos que quizás un día dejamos atrás, parar el tren, bajar la marcha, dejar de crecer y avanzar hacia la nada para quedarnos donde estamos, mirando a nuestro alrededor en busca de lo mucho de bueno que tenemos a nuestro alcance.

Tenemos que dejar de seguir su línea para iniciar una de nueva.

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