Desde la Historia: aportaciones al debate sobre la crisis

Nunca antes como ahora el pensamiento histórico tiene la oportunidad de hacer verdadera aquella máxima que dice: La Historia debe servir, también, para evitar que repitamos los errores del pasado.

Aprender a analizar el pasado, entender las coordenadas en las que las distintas sociedades se han desarrollado, su génesis, su crecimiento hasta el máximo esplendor y, posteriormente, su inexorablemente decadencia.

La Historia, esa disciplina del conocimiento tan maleable, tan fácilmente manipulable, tan denostada por algunos, por los mismos que, en múltiples ocasiones buscan en ella la justificación de lo injustificable, quizás ahora tenga, también, algo que decir.

Escucho, leo, veo, pienso y me sorprendo al constatar cómo se van sucediendo los acontecimientos, sin que nadie, o casi nadie, se atreva a afrontar de raíz el problema de una sociedad decadente, sin rumbo y capitaneada por los mismos que la han llevado al naufragio. Quizás no por su culpa, quizás arrastrados por las circunstancias, quizás y sólo quizás por una errónea creencia que esta vez sí que habíamos construido un mundo perfecto.

Repaso mis conocimientos históricos sobre otras crisis que ha sufrido y superado la humanidad, aquellas que mejor conozco, para intentar encontrar puntos en común, para intentar encontrar los mecanismos que permitieron salir de ellas, para intentar dar sentido a todo lo que escucho, leo, veo y pienso.

Convencida de la potencia de mi forma de entender el mundo, sé que mi análisis sólo puede ser útil para aquellos que la comparten conmigo. Supongo que esta es la razón por la que llevo meses pensando en escribir y hacer público un texto de reflexión que hoy parece salir de mi pensamiento al ritmo del teclado del ordenador. Casi sin pensar, me doy cuenta que estoy escribiendo algo que llevo dentro y que por fin estoy encontrando la forma de expulsarlo, sin ninguna voluntad de trascendencia, segura de que va a servir de muy poco, salvo para descansar mi mente y liberarla de tanta necedad, incompetencia y estupidez humana que escucho, leo y veo a mi alrededor.

Me detengo, y aprovecho para hacer un gesto habitual en mi quehacer diario: “Guardar como…”  no sea caso que, por aquello que a veces pasa, pierda algo importante… Ya está, puedo continuar.

De nada serviría empezar a nombrar los numerosos casos de corrupción que nos rodean, ni quejarme de las políticas que llevan a cabo nuestros dirigentes, ni tan sólo serviría de nada acusar a los mercados o a los especuladores o a todos aquellos que ciegamente, con su actividad frenética, cautivos del capital, de las reglas del juego y de sus propias acciones, han conseguido destruir un sistema, que, con todas sus flaquezas e imperfecciones, estaba consiguiendo algo inédito en la Historia de la Humanidad. Todos estos antisistema que nos quieren hacer creer que los antisistema somos los otros, los que nos quejamos, los que ya no sabemos qué votar, los que nos indignamos, los que sólo nos queda el derecho al pataleo y aguantar lo que nos venga. Los únicos que estamos demostrando que si todo esto no se hunde, es por nuestra sensatez o porque aun nos queda mucho que perder o porque tenemos miedo y somos conscientes de nuestra vulnerabilidad… o por todo un poco.

Esto también nos lo enseña la Historia, nunca hay una sola causa para explicar los procesos históricos y nunca es la misma para todos aunque acabemos en el mismo camino y en la misma dirección.

Supongo que en este punto de mi reflexión debería empezar a aportar ideas nuevas, reflexiones positivas, potencialidades que podemos explorar. El problema está en darles coherencia en un texto que debería ser breve. Me falta algún tiempo, no sé cuánto, probablemente mucho, para lograr encajar todas las piezas y construir algo verdaderamente coherente. Sinceramente no creo que tenga esta capacidad, en todo caso espero que alguien pueda hacerlo.

De la experiencia de la Historia me quedo con algunos factores clave. Para empezar, en todos los sistemas o modelos de organización de la sociedad hay unos actores que controlan el funcionamiento del mismo, suelen ser minoritarios en número y mayoritarios en riqueza. Estos actores, que podemos llamarlos élites, manejan los resortes del poder en todos sus ámbitos, son privilegiados y suelen eludir el castigo por sus actos, a menos que caigan en desgracia ante alguien más poderoso que ellos mismos. Su papel en los momentos de crisis está siempre marcado por la falta de capacidad de reacción y por su incapacidad en imaginar y crear algo nuevo, distinto, capaz de construir una nueva realidad. Sólo saben pensar soluciones dentro de la propia lógica del sistema, evidentemente con un único fin, mantener su estatus de privilegiados. Inconscientemente, absurdamente, fuerzan los mecanismos económicos, políticos, sociales, culturales y todos sus derivados, con el pretexto de salvar algo insalvable y, con sus acciones, hunden aún más lo poco que se mantenía en pié. Todos nosotros podemos poner nombres y apellidos y describir un sinfín de situaciones en las que ellos son los principales protagonistas. Desde estas élites hasta los más desheredados, se encadenan un número variable de grupos, llamémosles clases, estamentos o como mejor nos plazca. Unos más afortunados que otros, vivimos según nuestras posibilidades, a menudo nos sentimos engañados y en algunos casos pretendemos emular a las élites y hasta a veces conseguimos equipararnos a ellas. Por supuesto que no somos absolutamente inocentes ni podemos liberarnos de nuestra responsabilidad ante una situación de crisis, pero en última instancia nada podremos hacer para impedir que, las llamadas élites, lleven a cabo su mal trazado plan.

En segundo lugar, creo intuir que los que suelen encontrar la salida a las crisis son los no privilegiados, los que tienen como objetivo principal sobrevivir y dar continuidad al grupo, a su grupo, que suele ir más allá de su familia estricta. Ciertamente, cuando no tienes nada que perder eres libre para actuar en la dirección que mejor te parezca. No estás sujeto a las reglas del juego, puedes crear nuevas reglas y compartirlas o consensuarlas con los demás, con el grupo, en definitiva tienes la capacidad de adaptarte a las situaciones adversas y buscar cómo salir de ellas.

Desgraciadamente, otro elemento común en la mayoría de crisis, suele ser la violencia que se desata, generalmente entre y por el poder, pero que suele afectar a todos. De eso se encargan las élites que luchan por mantenerse, con sus herramientas de propaganda, confundiéndonos a todos hasta convertirnos en carne de cañón, haciéndonos creer que el enemigo es el otro, sea cual sea ese otro y que ellos están de nuestro lado.

Aquí es donde la Historia nos debe servir para no repetir errores del pasado y, a mi parecer y por el momento, los movimientos de indignados, que no son sólo  los que salen a la calle y participan en las concentraciones y asambleas, están logrando no caer en la trampa de la violencia –por más que determinadas voces, lacayas del poder, intenten identificar la violencia “light” de unos pocos, como actos de violencia callejera intolerable-. Y no debemos caer en la trampa, porque los más perjudicados vamos a ser los no privilegiados, que podemos terminar matándonos los unos a los otros.

Bien, pues, ¿qué podemos hacer? Se me ocurren unas cuantas cosas, aunque quizás algunos consideren que son imprecisas y que no conducen a nada, dado que están pensadas fuera de la lógica del modelo que nos aplasta. La primera y muy importante es la de crear la consciencia necesaria para poner a todo el mundo en marcha. Esto lo está consiguiendo el movimiento 15M, con su insistencia, resiliencia y empeño para evitar ser criminalizados. La segunda convertir a los máximos culpables de este fiasco en el hazmerreir de la sociedad, ignorarlos, considerarlos seres menospreciables y avergonzarlos tanto como podamos, procurar tratar lo menos posible con ellos y con su mundo de mentiras, engaños, luchas de poder y juego sucio. Dejarlos de lado, excomulgarlos, es decir echarlos fuera de nuestro entramado social y reconstruir nuestras relaciones con nuevas normas de relación. Ciertamente nadie sabe cómo deben ser estas nuevas normas, pero podemos proponer algunas ideas como por ejemplo contraponer cooperación a competitividad, lucro privado a bienestar social, y sobretodo substituir el dinero como valor cumbre de esta sociedad agonizante por otros valores que lo sean de verdad, cada uno los suyos, con respeto por la diferencia seas esta la que sea.

Finalmente hay algo que tengo la certeza que debemos salvaguardar, el conocimiento, todo el conocimiento, técnico, científico, humanístico, sociológico o cualquier otro que se nos ocurra. Cultura, arte, ciencia, tradiciones, formas de trabajo artesano, y un largo etcétera de conocimientos diversos que esta sociedad ha conseguido acumular y que es la herramienta más poderosa que tenemos en nuestras manos. Todos y cada uno de nosotros dispone de capacidades diversas, prácticas, útiles necesarias para salir de este lio en el que nos han metido. Todos y cada uno de nosotros nos movemos en un entorno en el que es posible mejorar, cambiar, innovar, influir, convencer. Esta es la única fuerza que nos queda.

Adelante, pues y buena suerte.

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