Opiniones


Veo las noticias de la mañana y me indigno ante los datos sobre las 300 fortunas más grandes del mundo. Para ellos la crisis les ha aportado cuantiosas ganacias. Supongo que si alargamos la lista a unos pocos miles nos encontraríamos con lo mismo. Está claro, unos cuantos se están forrando a costa del empobrecimiento, o miseria, de los más.

La sensació personal es que trabajo mucho más para vivir peor y tener menos. No es así para ellos, trabajan menos y tiene mucho más.

Si fueran personas decentes darían todas las ganacias del 2013 a instituciones públicas, que más da si son internacionales (ONU, UNESCO, o …), estatales, nacionales, regionales o ONG’s. La cuestión es que ellos no lo necesitan para nada, su vida no cambiaría lo más mínimo mientras que evitaríamos el hambre, la falta de trabajo, el desahucio y la miseria de muchos.

Pero la decencia no debe formar parte de su vocabulario… creo que precisamente esto es lo que querían, demostrar al mundo que cuando se les antoja pueden llevar a la humanidad a la miseria.

Por fortuna sólo estamos hablando de dinero.

Son unos miserables de espíritu.

Anuncios

Desde la Historia: aportaciones al debate sobre la crisis

Nunca antes como ahora el pensamiento histórico tiene la oportunidad de hacer verdadera aquella máxima que dice: La Historia debe servir, también, para evitar que repitamos los errores del pasado.

Aprender a analizar el pasado, entender las coordenadas en las que las distintas sociedades se han desarrollado, su génesis, su crecimiento hasta el máximo esplendor y, posteriormente, su inexorablemente decadencia.

La Historia, esa disciplina del conocimiento tan maleable, tan fácilmente manipulable, tan denostada por algunos, por los mismos que, en múltiples ocasiones buscan en ella la justificación de lo injustificable, quizás ahora tenga, también, algo que decir.

Escucho, leo, veo, pienso y me sorprendo al constatar cómo se van sucediendo los acontecimientos, sin que nadie, o casi nadie, se atreva a afrontar de raíz el problema de una sociedad decadente, sin rumbo y capitaneada por los mismos que la han llevado al naufragio. Quizás no por su culpa, quizás arrastrados por las circunstancias, quizás y sólo quizás por una errónea creencia que esta vez sí que habíamos construido un mundo perfecto.

Repaso mis conocimientos históricos sobre otras crisis que ha sufrido y superado la humanidad, aquellas que mejor conozco, para intentar encontrar puntos en común, para intentar encontrar los mecanismos que permitieron salir de ellas, para intentar dar sentido a todo lo que escucho, leo, veo y pienso.

Convencida de la potencia de mi forma de entender el mundo, sé que mi análisis sólo puede ser útil para aquellos que la comparten conmigo. Supongo que esta es la razón por la que llevo meses pensando en escribir y hacer público un texto de reflexión que hoy parece salir de mi pensamiento al ritmo del teclado del ordenador. Casi sin pensar, me doy cuenta que estoy escribiendo algo que llevo dentro y que por fin estoy encontrando la forma de expulsarlo, sin ninguna voluntad de trascendencia, segura de que va a servir de muy poco, salvo para descansar mi mente y liberarla de tanta necedad, incompetencia y estupidez humana que escucho, leo y veo a mi alrededor.

Me detengo, y aprovecho para hacer un gesto habitual en mi quehacer diario: “Guardar como…”  no sea caso que, por aquello que a veces pasa, pierda algo importante… Ya está, puedo continuar.

De nada serviría empezar a nombrar los numerosos casos de corrupción que nos rodean, ni quejarme de las políticas que llevan a cabo nuestros dirigentes, ni tan sólo serviría de nada acusar a los mercados o a los especuladores o a todos aquellos que ciegamente, con su actividad frenética, cautivos del capital, de las reglas del juego y de sus propias acciones, han conseguido destruir un sistema, que, con todas sus flaquezas e imperfecciones, estaba consiguiendo algo inédito en la Historia de la Humanidad. Todos estos antisistema que nos quieren hacer creer que los antisistema somos los otros, los que nos quejamos, los que ya no sabemos qué votar, los que nos indignamos, los que sólo nos queda el derecho al pataleo y aguantar lo que nos venga. Los únicos que estamos demostrando que si todo esto no se hunde, es por nuestra sensatez o porque aun nos queda mucho que perder o porque tenemos miedo y somos conscientes de nuestra vulnerabilidad… o por todo un poco.

Esto también nos lo enseña la Historia, nunca hay una sola causa para explicar los procesos históricos y nunca es la misma para todos aunque acabemos en el mismo camino y en la misma dirección.

Supongo que en este punto de mi reflexión debería empezar a aportar ideas nuevas, reflexiones positivas, potencialidades que podemos explorar. El problema está en darles coherencia en un texto que debería ser breve. Me falta algún tiempo, no sé cuánto, probablemente mucho, para lograr encajar todas las piezas y construir algo verdaderamente coherente. Sinceramente no creo que tenga esta capacidad, en todo caso espero que alguien pueda hacerlo.

De la experiencia de la Historia me quedo con algunos factores clave. Para empezar, en todos los sistemas o modelos de organización de la sociedad hay unos actores que controlan el funcionamiento del mismo, suelen ser minoritarios en número y mayoritarios en riqueza. Estos actores, que podemos llamarlos élites, manejan los resortes del poder en todos sus ámbitos, son privilegiados y suelen eludir el castigo por sus actos, a menos que caigan en desgracia ante alguien más poderoso que ellos mismos. Su papel en los momentos de crisis está siempre marcado por la falta de capacidad de reacción y por su incapacidad en imaginar y crear algo nuevo, distinto, capaz de construir una nueva realidad. Sólo saben pensar soluciones dentro de la propia lógica del sistema, evidentemente con un único fin, mantener su estatus de privilegiados. Inconscientemente, absurdamente, fuerzan los mecanismos económicos, políticos, sociales, culturales y todos sus derivados, con el pretexto de salvar algo insalvable y, con sus acciones, hunden aún más lo poco que se mantenía en pié. Todos nosotros podemos poner nombres y apellidos y describir un sinfín de situaciones en las que ellos son los principales protagonistas. Desde estas élites hasta los más desheredados, se encadenan un número variable de grupos, llamémosles clases, estamentos o como mejor nos plazca. Unos más afortunados que otros, vivimos según nuestras posibilidades, a menudo nos sentimos engañados y en algunos casos pretendemos emular a las élites y hasta a veces conseguimos equipararnos a ellas. Por supuesto que no somos absolutamente inocentes ni podemos liberarnos de nuestra responsabilidad ante una situación de crisis, pero en última instancia nada podremos hacer para impedir que, las llamadas élites, lleven a cabo su mal trazado plan.

En segundo lugar, creo intuir que los que suelen encontrar la salida a las crisis son los no privilegiados, los que tienen como objetivo principal sobrevivir y dar continuidad al grupo, a su grupo, que suele ir más allá de su familia estricta. Ciertamente, cuando no tienes nada que perder eres libre para actuar en la dirección que mejor te parezca. No estás sujeto a las reglas del juego, puedes crear nuevas reglas y compartirlas o consensuarlas con los demás, con el grupo, en definitiva tienes la capacidad de adaptarte a las situaciones adversas y buscar cómo salir de ellas.

Desgraciadamente, otro elemento común en la mayoría de crisis, suele ser la violencia que se desata, generalmente entre y por el poder, pero que suele afectar a todos. De eso se encargan las élites que luchan por mantenerse, con sus herramientas de propaganda, confundiéndonos a todos hasta convertirnos en carne de cañón, haciéndonos creer que el enemigo es el otro, sea cual sea ese otro y que ellos están de nuestro lado.

Aquí es donde la Historia nos debe servir para no repetir errores del pasado y, a mi parecer y por el momento, los movimientos de indignados, que no son sólo  los que salen a la calle y participan en las concentraciones y asambleas, están logrando no caer en la trampa de la violencia –por más que determinadas voces, lacayas del poder, intenten identificar la violencia “light” de unos pocos, como actos de violencia callejera intolerable-. Y no debemos caer en la trampa, porque los más perjudicados vamos a ser los no privilegiados, que podemos terminar matándonos los unos a los otros.

Bien, pues, ¿qué podemos hacer? Se me ocurren unas cuantas cosas, aunque quizás algunos consideren que son imprecisas y que no conducen a nada, dado que están pensadas fuera de la lógica del modelo que nos aplasta. La primera y muy importante es la de crear la consciencia necesaria para poner a todo el mundo en marcha. Esto lo está consiguiendo el movimiento 15M, con su insistencia, resiliencia y empeño para evitar ser criminalizados. La segunda convertir a los máximos culpables de este fiasco en el hazmerreir de la sociedad, ignorarlos, considerarlos seres menospreciables y avergonzarlos tanto como podamos, procurar tratar lo menos posible con ellos y con su mundo de mentiras, engaños, luchas de poder y juego sucio. Dejarlos de lado, excomulgarlos, es decir echarlos fuera de nuestro entramado social y reconstruir nuestras relaciones con nuevas normas de relación. Ciertamente nadie sabe cómo deben ser estas nuevas normas, pero podemos proponer algunas ideas como por ejemplo contraponer cooperación a competitividad, lucro privado a bienestar social, y sobretodo substituir el dinero como valor cumbre de esta sociedad agonizante por otros valores que lo sean de verdad, cada uno los suyos, con respeto por la diferencia seas esta la que sea.

Finalmente hay algo que tengo la certeza que debemos salvaguardar, el conocimiento, todo el conocimiento, técnico, científico, humanístico, sociológico o cualquier otro que se nos ocurra. Cultura, arte, ciencia, tradiciones, formas de trabajo artesano, y un largo etcétera de conocimientos diversos que esta sociedad ha conseguido acumular y que es la herramienta más poderosa que tenemos en nuestras manos. Todos y cada uno de nosotros dispone de capacidades diversas, prácticas, útiles necesarias para salir de este lio en el que nos han metido. Todos y cada uno de nosotros nos movemos en un entorno en el que es posible mejorar, cambiar, innovar, influir, convencer. Esta es la única fuerza que nos queda.

Adelante, pues y buena suerte.

Acabo de llegir “El libro de Julieta”, de Cristina Sánchez-Andrade, mare d’una nena amb síndrome de Down en el que explica sentiments, situacions, sensacions i converses sobre la seva filla. A estones m’hi he sentit indentificada i en més d’una ocasió m’ha fet somriure. El recomano per a totes les mares amb fills amb síndrome de Down i per a totes aquelles/tots aquells que vulgueu entendre alguna cosa més sobre aquest tema i sobre com tractar-lo amb els vostres coneguts o parents.

¡Que se pare el tren que yo me bajo!

¡Estos quieren que volvamos a la época medieval, o a vivir en las cavernas!

Así  eran considerados, hace unos años,  aquellos que advertían de la necesidad de dejar el coche y utilizar el transporte público, que luchaban por defender una parcela de mundo de color verde en lugar del gris asfalto, los mismos que denunciaban la cada vez mayor escasez de agua, la contaminación irreversible de nuestros acuíferos, el aire irrespirable de nuestras ciudades que nos convierte en “contaminados pasivos”, aquellos que creían en la necesidad de investigar a fondo el potencial de las energías renovables, de comer productos naturales, de bajar el ritmo (slow food, slow city)… y un montón de cosas más.

De hecho, ya se encargaron los creadores de opinión de desprestigiar a los que opinaban de esta manera: “ilusos soñadores que no saben cómo funciona el mundo, que se creen que podemos crecer y avanzar sin esos inconvenientes, antisistemas  que no respeta ni la propiedad privada, ni la ley, ni el orden”. En definitiva personas de poco fiar.

Los mismos creadores de opinión que ahora se preocupan por el precio del petróleo y las repercusiones que tendrá en la maltrecha economía mundial, debaten cada día intentando comprender lo que está pasando.  Hablan y hablan de crisis; crisis inmobiliaria, financiera, productiva, de los mercados, de valores, política. Hace unos pocos días, por fin, les oí hablar de crisis sistémica. Claro está, aquellos, los ilusos soñadores antisistema, ya lo intuían aunque no todos acertaban en la conceptualización adecuada.

Y ahora está pasando lo que en otras crisis sistémicas, los que controlan el poder, o creen controlarlo, actúan y  se esfuerzan en mantener su condición, apretando las clavijas del único modelo que son capaces de concebir. Los que no controlamos nada procuramos ir tirando con la esperanza que todo esto pase y nos afecte lo menos posible.

Alguien preguntaba el otro día en una de tantas tertulias mediáticas de tertulianos supuestamente bien informados:

–          Con la que está cayendo ¿Cómo es que la gente no sale a la calle?

Pues probablemente porque aún nos queda la suficiente sensatez, o por el miedo a perder más de lo que prevemos. Porque sabemos que sería el caos, porque somos los más débiles y los primeros que vamos a ser víctimas, si todo se va al garete.

Si alguien piensa que soy catastrofista y pesimista, se equivoca. Estoy convencida de las posibilidades que tenemos de salirnos de esta. Aunque deben cambiar muchas cosas y nadie tiene la solución.  Ahora más que nunca, hace falta una buena dosis de optimismo e imaginación, un retorno a las cosas básicas, una reflexión conjunta, real, sin intermediarios. Debemos recuperar la iniciativa personal y colectiva, explorar caminos que quizás un día dejamos atrás, parar el tren, bajar la marcha, dejar de crecer y avanzar hacia la nada para quedarnos donde estamos, mirando a nuestro alrededor en busca de lo mucho de bueno que tenemos a nuestro alcance.

Tenemos que dejar de seguir su línea para iniciar una de nueva.

Bé, doncs aquí tenim una acció més que no ens afavoreix del nou govern.
http://www.donesenxarxa.cat/El-nou-govern-abandona-dos-reptes?lang=es

Ja vaig comentar la manca de paritat en el Govern de la Generalitat, però això és força més preocupant. Em temo que els “estalvis” vindran sempre pel mateix costat i els més perjudicats seran els més dèbis. No m’agrada… però estic convençuda que aquí no s’acabarà. Haurem de veure com “s’estalvia” a l’escola pública, en recerca en Humanitats, en ajuts socials… però està clar que els mitjans ens faran creure el què vulguin. Cal estar atent i espero que no passi com sempre, que quan hi ha governs de dretes es calla mentre que quan governen les esquerres es critica tot i més.

Doncs bé, ja hi som, demà a votar i a veure que ens espera en un futur.

S’apropen les eleccions i sento una profunda tristesa en veure com molts dimiteixen del seu dret d’exercir el vot. El “tots són iguals”, el  ” no hi ha res a fer” i altres expressions per l’estil se senten arreu.  No puc evitar recordar una frase que diu: “perquè al món estigui dominat per la mala gent, tan sols cal que la bona gent calli”.

I això és el que estan aconseguint. No som conscients que la democràcia, malgrat totes les seves mancances, és l’únic sistema que permet l’existència d’un mínim de justícia. No pensem que el nostre model, malgrat tot el que es pugui criticar, ens ofereix l’oportunitat de dir les coses i de canviar-les. No ens n’adonem que tot és reversible i que “cualquier tiempo pasado no fue mejor”.

La idea d’un món millor, alternatiu, més just, més respectuós, només es pot defensar si tots hi participem, si no ens rendim, si no callem, encara que, ara com ara, això de posar una papereta dins d’una urna ens pugui semblar molt poca cosa… no ho és.

En un món en que cada vegada tot està més privatitzat, on els interessos d’uns pocs aconsegueixen  imposar-se sobre la majoria, on la por és utilitzada per tenir-nos a tots calladets i atemorits, cal defensar allò que és públic, cal fer més política que mai, entesa com l’acció pel bé comú.

Anem a votar, no ens quedem presoners de les circumstàncies i les mesquineses, mirem lluny, amb perspectiva històrica i siguem conscients del món en el que ens ha tocat viure.

Página siguiente »